El Holi pinta a la India
por Alberto Salazar / Fotos de Marta Llanes
Millones de indios recibieron el Nuevo Año Hindú y la primavera con el Holi, una inmemorial festividad durante la cual se lanzan agua y polvos de colores sin reparar en edad, sexo, religión, clase o casta.
La milenaria tradición se celebra al día siguiente de la primera luna llena de marzo, la más auspiciosa para ahuyentar los malos espíritus e invocar el bien, la salud y la alegría.
Durante la fecha, familiares, vecinos y amigos comparten bocadillos y dulces típicos, un vaso de cerveza y hasta un trago de bhang, una bebida a base de hojas maceradas de marihuana a la que se le añaden almendras, especias, leche y azúcar.
Pero el Holi es sobre todo una guerra de colores: hasta los más serios salen con sus bolsitas de polvos o una pistola de agua para rociar a un vecino al que tal vez mañana solo saludarán con un gesto adusto.
Los niños, entretanto, lo toman de excusa para permitirse con los adultos ciertas libertades impensadas en cualquier otra fecha.
Por razones obvias, la gente sale a la calle con ropas que puedan botar –o guardar hasta el próximo Holi–, pues los coloridos polvos se cuelan entre hilo e hilo sin que de allí pueda desalojarlos ni el lavado más minucioso.
Probablemente nunca como en este día los indios vistan peor, pero con toda seguridad, tampoco en otro fecha se divertirán más.













